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Una colmena es una memoria que sobrevive a la abeja

Las abejas no nacen sabiéndolo todo. Una parte la aprenden de las más viejas, y luego se la transmiten. Qué nos dice la ciencia, y por qué me emociona.

Una colmena es una memoria que sobrevive a la abeja

Imagina a una abeja joven en su primer vuelo. Pocos días de vida, y ya un oficio que aprender. Tendemos a pensar que una colmena nace sabiéndolo ya todo, el instinto completo desde el primer día, como un programa que arranca solo. Es una imagen bonita, pero no del todo cierta. Una parte de lo que una abeja sabe, lo aprende. Y lo aprende de las más viejas.

La danza no es solo instinto

El gesto más famoso de las abejas es una danza. Cuando una pecoreadora encuentra una buena fuente de alimento, vuelve al nido y se lo cuenta a sus compañeras moviendo el abdomen en una figura en forma de ocho: la waggle dance (danza del meneo). En ese movimiento está codificada la dirección respecto al sol, la distancia, incluso la calidad de lo que ha encontrado. Quien la descifró, a mediados del siglo veinte, fue Karl von Frisch, que por este trabajo sobre el lenguaje de las abejas recibió el premio Nobel en 1973. Es una de las formas de comunicación más sofisticadas que se conocen fuera de nuestra especie.

Durante mucho tiempo se creyó que esta danza era puramente innata, escrita en los genes, idéntica en cada abeja sin necesidad de aprender nada. Luego llegó un descubrimiento que cambió el panorama. En un estudio publicado en 2023 en la revista Science (Shihao Dong, Tao Lin, James C. Nieh, Ken Tan, Social signal learning of the waggle dance in honey bees), los investigadores demostraron que la danza, en parte, se aprende.

Antes de danzar por primera vez, una abeja joven sigue a las danzantes expertas, las observa, las toca. Los investigadores criaron abejas privadas de esa posibilidad: ninguna abeja vieja a la que seguir, solo coetáneas igual de inexpertas. Aquellas abejas danzaron de forma más desordenada, con errores de dirección mucho mayores, y codificaban mal la distancia. Con la práctica, el error de dirección mejoraba. El de la distancia, no: seguía siendo erróneo durante el resto de su vida.

Hay algo que me emociona en este detalle. La dirección todavía puedes corregirla por ti misma. Pero si nadie te enseñó la distancia en el momento justo, medirás el mundo un poco torcido para siempre. Es una ventana que se cierra, exactamente como el período crítico del lenguaje en los niños o en el canto de los pájaros. También una abeja tiene una edad en la que ciertas cosas se aprenden, y después es tarde.

Una lengua que pasa de generación en generación

El sentido profundo es este: en una colmena el conocimiento no está solo en los genes. Se transmite. Pasa de las viejas a las jóvenes, cuerpo a cuerpo, danza tras danza.

Los investigadores van más allá, con una hipótesis que está aún por demostrar pero que abre un mundo: que las pecoreadoras más expertas transmitan a las nuevas un verdadero dialecto, una versión de la danza ajustada al territorio específico en el que vive esa familia, a sus flores y a sus distancias. Si así fuera, cada colmena custodiaría un saber local, construido con el tiempo y entregado a quien viene después.

Quiere decir que una colmena es una memoria que sobrevive a la abeja. Las obreras que enseñaron ya han muerto cuando la lección da sus frutos: una abeja vive pocas semanas, la colonia continúa durante años. Lo que queda no es solo un montón de insectos intercambiables. Es una pequeña cultura, algo que se hereda.

Por qué todo esto me emociona, y por qué construyo bjtOS

Si una familia de abejas es también esto, una frágil herencia de conocimiento que se pasa de boca en boca, entonces perder una colonia no significa perder unos insectos. Significa perder una pequeña biblioteca que nadie ha impreso y que nadie podrá reimprimir. Un saber local que se desvanece, y con él el modo exacto en que esas abejas habían aprendido a leer su pedazo de mundo.

Es de aquí de donde parte todo, para mí. Llevo adelante bjtOS porque estas criaturas me fascinan y me importan, y cuanto más me muestra la ciencia lo complejas que son, más siento que hay algo que proteger, y una responsabilidad en quien las aborda con la tecnología. Porque quien coloca sensores cerca de una colmena tiene un deber por encima de cualquier otro: escuchar sin molestar. Poner la técnica al servicio de la abeja, no al revés. El amor viene primero. La ciencia es el modo de merecerlo.

Y entonces te devuelvo la pregunta a ti que trabajas con las abejas: ¿qué has visto, en las tuyas, que te haya parecido un aprender? Un comportamiento pasado de una familia a otra, una costumbre que no sabrías explicar solo con el instinto. Es exactamente el tipo de relato del que este proyecto quiere partir.